martes, 8 de junio de 2010

¿Preguntar o no Preguntar?


Año 399 antes de Cristo. El hombre ha sido juzgado en el Tribunal de los Heliastas por 500 jurados. Conforme a los requisitos: ciudadanos todos, sin deudas y cuerdos (situación demostrable, esta última, por la capacidad de andar en línea recta y de responder al propio nombre). Doscientos ochenta lo consideran culpable.
El hombre sabe que no tiene posibilidades. Debe defenderse justo en el tiempo que tarde en pasar el agua de una jarra a otra (una especie de atroz clepsidra). Pese a que su propia existencia está en juego, no lo intenta; muchos menos reniega de su filosofía. Se limita a advertir:
"si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque sea un tanto ridículo decirlo, a otro semejante colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que, junto a un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano (…) Si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera (…) Después, pasaríais el resto de la vida durmiendo…".
Se solicita un segundo veredicto, el definitivo: entonces, trescientos sesenta jurados condenan al hombre: deberá beber la cicuta. Lo acusan de no reconocer a los dioses atenienses y de corromper a la juventud. En realidad, su delito es otro: preguntar, preguntar, preguntar.
Esta escena me vino a la mente mientras leía a Xavier Vargas. Entiendo la pretensión de su texto: mostrar que, más allá de los exámenes, existen otras formas de evaluación pertinentes. Pero me parece inaceptable el planteamiento falaz de la actividad: ¿El aprendizaje es algo tan trivial que se puede observar y medir con base en unas simples preguntas a propósito de unos contenidos cualesquiera?
La clave, me parece, no está en preguntar o no, sino en qué preguntar y en cómo hacerlo. Por eso, justamente, pensé en Sócrates: su método se basa en la interrogación dialógica, y resulta tan refinado, tan revelador, que fue considerado transgresor por la sociedad ateniense, peligroso incluso.
En mi experiencia como terapeuta (tanto en el nivel de la formación como en el de la práctica clínica), la mayor parte de veintes que existencialmente me han caído tuvieron que ver con la pregunta precisa, en el momento preciso. En este sentido, recuerdo con cariño a Jesús Dávila Diez, ya fallecido, quien me mostró el valor del cuestionamiento en los procesos de introspección más complejos.
No acepto, pues, el planteamiento. Primero, porque me obliga a negar algo, si no quiero aceptar la trivialidad del aprendizaje. Segundo, porque su construcción defectuosa implica, así me lo parece, una cierta dosis de mala leche.

De Competencias y Concepciones del Aprendizaje




Al leer las instrucciones del trabajo de la Especialidad para esta semana, me dio la impresión de que, un poco forzadamente, trataban de llevarnos a “reconocer” lo “avanzado” del enfoque por competencias y su vinculación con lo más “alabado” de las concepciones del aprendizaje (¡Ausbel, Bruner, Piaget, cuántos crímenes se cometen en su nombre!).
Lo cierto es que la estructuración del concepto de competencia comenzó en la década de los sesenta, a partir de dos aportaciones:
- la lingüística de Avram Noam Chomsky y
- la psicología conductual de Burrhus Frederic Skinner.
Chomsky propuso el concepto de competencia lingüística como una estructura mental implícita y genéticamente determinada que se ponía en acción mediante el desempeño comunicativo (uso efectivo de la capacidad lingüística en situaciones específicas). Se trata, pues, de un sistema fijo de principios generadores que permite a cada individuo tanto producir una infinidad de frases provistas de sentido en su lengua como (a la inversa) reconocer espontáneamente que una frase que escucha pertenece a esa misma lengua, incluso si es incapaz de decir porqué.
En palabras de Chomsky:
"Linguistic theory is concerned primarily with an ideal speaker-listener, in a completely homogeneous speech-community, who knows its languages perfectly and is unaffected by such grammatically irrelevant conditions as memory limitations, distractions, shifts of attention and interest, and errors (random or characteristic) in applying his knowledge of the language in actual performance" (1965: 3).
Ahora bien, es cierto que Chomsky (1968) rompió con el conductismo skinneriano, pero lo es también que éste siguió influyendo en la concepción inicial de competencia utilizada en la educación.
El programa científico de Skinner, el famoso análisis experimental del comportamiento, centraba su estudio exclusivamente en el comportamiento visible u observable (a diferencia, en cierta medida, de otras variedades de teorías del aprendizaje conductistas incluso anteriores a la suya), negándole todo interés a sus causas internas.
En la filosofía de la mente de Skinner, ésta debe considerarse como una “caja negra” cuyo contenido ha de ignorarse. Por lo tanto, la teoría no sólo es inútil sino que se constituye en estorbo. El comportamiento se analiza únicamente como función de variables ambientales, o para establecer leyes entre aquél y éstas, sin ninguna mediación de entidades mentales o hipotéticas. Representa por lo tanto una licencia para la definición de conceptos y para la elaboración de tipologías con criterios pragmáticos que a la postre son carentes, paradójicamente, hasta de utilidad práctica. Este conductismo es una variedad de ambientalismo particularizado por sus nexos con las filosofías empiristas y positivistas. Una definición de competencia basada en este enfoque tiende a limitarse a la conducta observable y medible y, por ende, coincide formalmente sólo con el aspecto “desempeño” de la concepción de Chomsky.
A partir de estas dos aportaciones, el concepto de competencia comenzó a tener múltiples desarrollos, críticas y reelaboraciones, tanto en la lingüística como en la psicología (conductual y cognitiva) y en la educación. Más aún: las circunstancias históricas y económicas le han servido de detonador: el auge del enfoque se corresponde con una mayor implicación de la sociedad en la educación, la cultura de la calidad, la globalización y la competitividad empresarial.
Para bien y para mal.

Chomsky, N. (1965). Aspects of the Theory of Syntax, Cambridge: MIT Press.
Chomsky, N. (1968). Language and mind. New York: Harcourt, Brace & World.
Skinner, B.F. (1974). About behaviorism. Nueva York: Knopf.