
Hace años, como parte de una experiencia espiritual, tuve que hacer un recuento y una proyección de mi vida. Me habían dado una serie de preguntas-guía (impresas en un papel tan austero como el rostro de mi inolvidable Maestro), pero lo importante era hurgar, sin límites, en las bolsitas de la memoria y del deseo. El recuento me fascinó, lo admito, y fui honrado hasta sangrar: describí encuentros y desencuentros, tristezas y alegrías, logros y frustraciones, gozos y miedos, dudas y certezas.
Me vino a la mente este suceso, en cuanto leí la tarea de la semana, porque a uno de los cuestionamientos, “¿a qué quieres dedicarte?”, di entonces, en particular, tres respuestas precisas. Me guardo una y comparto dos: a la docencia y a la investigación.
Nada es casual: provengo de una familia que ha estado en las aulas por generaciones. Mi tía-abuela Felipa, alumna de Enrique C. Rébsamen, fue una destacada profesora porfirista; mi abuelo Ricardo, maderista, jaló con esposa e hijos en las comunidades rurales donde le tocó enseñar; mi tío-abuelo Raúl, formado bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano, fue Director de Educación y de la Escuela Normal Veracruzana; mi padre, mi madre y sus herman@s batallaron décadas, armad@s con gis, en un montón de escuelas regadas a lo largo y a lo ancho del centro de Veracruz (sólo se salvaron tres: Olegario, que prefirió hornear pan; Rosendo, que se enamoró del campo o, al menos -sospecho-, de los beneficios que las fincas familiares le dejaban; y Graciela, dedicada a su casa y a reproducirse)…
Sin embargo (y pese a que la casa familiar estuvo siempre llena de programas de estudio, de listas de asistencia, de ingentes cantidades de libros de texto –oficiales y no-oficiales–, de rotafolios, de franelógrafos y de otras menudencias), viví mi primera experiencia, “de a de veras”, cuando cursaba la Licenciatura en la Universidad de las Américas. Como parte del curso “Comunicación Educativa”, tuve que presentar un proyecto al respecto, en vinculación con una institución real. Se me ocurrió diseñar un Taller Infantil de Creación Literaria (aprovechando que, entonces, era yo Becario de Narrativa del Instituto Nacional de Bellas Artes) y me la pasé maravillosamente, de 1994 a 1995, con una pandilla de alocad@s aspirantes a escritor@s que me “prestaron” en una primaria. ¿El resultado? Un libro: Kiwi, el ratón. Y una seguridad: disfrutaba dar clases, porque me resultaba una experiencia enriquecedora, autopoiética.
Terminada la carrera (y luego de un accidentado trayecto de vida que me llevó por un montón de lugares, incluyendo un año entre comunidades rarámuris), comencé a trabajar en la Escuela Normal Superior “Simón Bolívar” y en la Universidad de Xalapa. Por azares del destino (y quizá porque no había otr@ ingenu@ a la mano), me saqué la rifa del tigre, y me vi nombrado Subdirector de la primera, un tiempo, y Jefe de Carrera de Ciencias de la Comunicación (el equivalente a Director de Facultad) en la segunda, del 2000 al 2004. Entre esas fechas, me di cuenta de que requería yo más recursos como docente y, a la par de otra formación (que culminó en Doctorado), cursé una Maestría en Educación en la Universidad Mexicana (de la cual, descaradamente reconozco no haberme titulado aún). Pero descubrí también algo: no me bastaba la técnica sin entender holísticamente al ser humano… ¡y sin entenderme a mí mismo! Así que me receté un Diplomado en Psicología y Consejería Familiar, en la Universidad Cristiana Internacional, y una Maestría en Psicoterapia Guestalt, en el Centro de Estudios e Investigación Guestálticos (concluidos ambos, esos sí, con los correspondientes papeles).
Llegué al Bachillerato oficial en 2004, sin dejar la UX, con mucho entusiasmo: me parecía un reto (y me lo sigue pareciendo) intervenir en un momento clave de la vida de un ser humano: la adolescencia. Soy de los que opinan que, a diferencia de la pubertad (que comienza por cambios hormonales), la adolescencia puede variar mucho en edad y en duración en cada individuo, pues está relacionada no solamente con la maduración de la psiquis del/de la individu@ sino que depende de factores psicosociales más amplios y complejos, originados principalmente en el seno familiar. ¡Ser, pues, testigo y partícipe de transiciones de cuerpo y de mente!
Asignado a un plantel de una zona periférica de Xalapa, aquilaté el privilegio de compartir con chic@s que vivían de cara a la adversidad. Recuerdo uno, soñoliento siempre, que llegaba a clases, directo de la Central de Abastos, tras cargar bultos toda la noche; a otro, que se derrumbó en llanto frente a mí, un lunes, cuando me comunicó que su mejor amigo había muerto a tiros en una riña entre pandillas; y a otro más, a quien los padres corrieron de la casa cuando descubrieron que era homosexual.
No soy romántico, sin embargo. En ese plantel tuve el que ha sido, hasta la fecha, mi momento más difícil como docente: explicando por enésima vez un silogismo a una estudiante, en clase de Lógica Simbólica (en ese momento, oculta curricularmente bajo el título de Métodos de Investigación I), me desesperé de tal forma que le grité frente al grupo. Se echó a llorar sinceramente y me dolió su reacción: traté de contenerla y de ofrecerle una disculpa. Desafortunadamente, no pude echar el tiempo atrás. Desde entonces, la conciencia de esa falla me ha ayudado a ser académicamente más comprensivo, más tolerante: ahora, recuerdo constantemente las complicaciones de mi propia adolescencia y trato de ponerlas al servicio de mis alumn@s.
En 2007 me cambié a otro Bachillerato, la Escuela “Ricardo Flores Magón”, justo en el centro de la ciudad. Obvio: las características socioculturales de l@s matriculad@s son completamente diferentes. En buen número proceden de familias integradas, de padres/madres profesionistas, y tienen posibilidades económicas para aspirar a la educación superior. Sin embargo, en el fondo, laten los mismos fenómenos de transición: la normalidad de la anormalidad, como decía un psicoanalista.
Por esta trayectoria, me han caído algunos reconocimientos (como el formar parte de la Facultad en un Seminario Teológico de Estados Unidos) y varias corcholatas. Sin embargo, la verdadera recompensa está en las ceremonias de graduación, en los buenos trabajos recibidos, en los ojitos brillosos de algun@s alumn@s cuando se atreven a plantear: “¿o sea que en verdad te preocupamos y nos quieres?”.
¿Cómo sintetizar, pues, lo que ha sido mi experiencia educativa? Las mejores palabras no son mías, sino de una carta de mi padre:
"Cada vez que mires tus diplomas, recuerda que aún sigues siendo alumno. ¡Hay tanto por aprender! ¡Hay tanto por hacer!
"No te afanes, sin embargo, en buscar riqueza: construye tu vida en generosidad y entrega, en servicio y amor; atrévete a regalar tu confianza, porque ese es el único camino que te aparta de la soledad amarga.
"Sobre todo, esfuérzate en ser lo que verdaderamente eres. Hace poco, leí algo que quiero compartirte: 'No has venido a realizar a nadie sino a ti mismo... Tienes pleno derecho a no ser comparado, ningún hermano o hermana vale más o vale menos que tú, el amor existe cuando se reconoce la esencial diferencia'.
"De vez en vez, no olvides sentarte cómodamente, y disfrutar el paisaje: descubre los pequeños detalles de la arquitectura o del campo, de los edificios o de las flores. Nada necesitas para hacerlo, y nunca te sentirás defraudado.
"Muchas cosas me han enseñado los alumnos en mis años de profesor (por eso amo mi vocación): que la sana curiosidad del niño lleva a descubrimientos importantísimos, que los caramelos se comen de un millón de formas, que los sueños son posibles, que el enojo entre amigos sólo puede durar hasta que suena la campana del recreo, que hay mucho amor en el mundo, y que una vida dedicada a la docencia vale la pena vivirla...".