
Año 399 antes de Cristo. El hombre ha sido juzgado en el Tribunal de los Heliastas por 500 jurados. Conforme a los requisitos: ciudadanos todos, sin deudas y cuerdos (situación demostrable, esta última, por la capacidad de andar en línea recta y de responder al propio nombre). Doscientos ochenta lo consideran culpable.
El hombre sabe que no tiene posibilidades. Debe defenderse justo en el tiempo que tarde en pasar el agua de una jarra a otra (una especie de atroz clepsidra). Pese a que su propia existencia está en juego, no lo intenta; muchos menos reniega de su filosofía. Se limita a advertir:
"si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque sea un tanto ridículo decirlo, a otro semejante colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que, junto a un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano (…) Si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera (…) Después, pasaríais el resto de la vida durmiendo…".
Se solicita un segundo veredicto, el definitivo: entonces, trescientos sesenta jurados condenan al hombre: deberá beber la cicuta. Lo acusan de no reconocer a los dioses atenienses y de corromper a la juventud. En realidad, su delito es otro: preguntar, preguntar, preguntar.
Esta escena me vino a la mente mientras leía a Xavier Vargas. Entiendo la pretensión de su texto: mostrar que, más allá de los exámenes, existen otras formas de evaluación pertinentes. Pero me parece inaceptable el planteamiento falaz de la actividad: ¿El aprendizaje es algo tan trivial que se puede observar y medir con base en unas simples preguntas a propósito de unos contenidos cualesquiera?
La clave, me parece, no está en preguntar o no, sino en qué preguntar y en cómo hacerlo. Por eso, justamente, pensé en Sócrates: su método se basa en la interrogación dialógica, y resulta tan refinado, tan revelador, que fue considerado transgresor por la sociedad ateniense, peligroso incluso.
En mi experiencia como terapeuta (tanto en el nivel de la formación como en el de la práctica clínica), la mayor parte de veintes que existencialmente me han caído tuvieron que ver con la pregunta precisa, en el momento preciso. En este sentido, recuerdo con cariño a Jesús Dávila Diez, ya fallecido, quien me mostró el valor del cuestionamiento en los procesos de introspección más complejos.
No acepto, pues, el planteamiento. Primero, porque me obliga a negar algo, si no quiero aceptar la trivialidad del aprendizaje. Segundo, porque su construcción defectuosa implica, así me lo parece, una cierta dosis de mala leche.
El hombre sabe que no tiene posibilidades. Debe defenderse justo en el tiempo que tarde en pasar el agua de una jarra a otra (una especie de atroz clepsidra). Pese a que su propia existencia está en juego, no lo intenta; muchos menos reniega de su filosofía. Se limita a advertir:
"si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque sea un tanto ridículo decirlo, a otro semejante colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que, junto a un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano (…) Si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera (…) Después, pasaríais el resto de la vida durmiendo…".
Se solicita un segundo veredicto, el definitivo: entonces, trescientos sesenta jurados condenan al hombre: deberá beber la cicuta. Lo acusan de no reconocer a los dioses atenienses y de corromper a la juventud. En realidad, su delito es otro: preguntar, preguntar, preguntar.
Esta escena me vino a la mente mientras leía a Xavier Vargas. Entiendo la pretensión de su texto: mostrar que, más allá de los exámenes, existen otras formas de evaluación pertinentes. Pero me parece inaceptable el planteamiento falaz de la actividad: ¿El aprendizaje es algo tan trivial que se puede observar y medir con base en unas simples preguntas a propósito de unos contenidos cualesquiera?
La clave, me parece, no está en preguntar o no, sino en qué preguntar y en cómo hacerlo. Por eso, justamente, pensé en Sócrates: su método se basa en la interrogación dialógica, y resulta tan refinado, tan revelador, que fue considerado transgresor por la sociedad ateniense, peligroso incluso.
En mi experiencia como terapeuta (tanto en el nivel de la formación como en el de la práctica clínica), la mayor parte de veintes que existencialmente me han caído tuvieron que ver con la pregunta precisa, en el momento preciso. En este sentido, recuerdo con cariño a Jesús Dávila Diez, ya fallecido, quien me mostró el valor del cuestionamiento en los procesos de introspección más complejos.
No acepto, pues, el planteamiento. Primero, porque me obliga a negar algo, si no quiero aceptar la trivialidad del aprendizaje. Segundo, porque su construcción defectuosa implica, así me lo parece, una cierta dosis de mala leche.

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